Lección 19 Comentario de textos de poesía del Siglo de Oro

CURSO DE COMENTARIO DE TEXTOS DE POESÍA DE LA EDAD DE ORO

Lección 19

 

11.5.1.- El «psicologismo» de la poesía amorosa de los Siglos d Oro.

 

     Hay un componente en esta poesía que puede llamarse «psicológico». Cierto espíritu analítico que lleva a desmenuzar la experiencia en sus más pequeños componentes, en sus más insignificantes matices. Este esquema de creación y composición se trasladará  al poema de alguno de estos modos:

1.-Se dedicarán al análisis sistemático de todos los matices del sentimiento amoroso, a la disección de todos los estados de ánimo por los que podría pasar el enamorado (en general, experiencias negativas, de desamor, celos, angustias, etc;).

2.-Este propósito descriptivo derivará, a veces en verdaderos tours de force por hacer un poema deslumbrante con un arranque argumental nimio;  a veces serán meros juegos formales esteticistas, otras, obras burlescas, paródicas o irónicas. Todo esto, se da con más frecuencia y es más propio del Barroco.

 

11.5.1.- Qué tipos de emociones analizan.

 

     El amante, naturalmente, expresa casi siempre el sentimiento del amor insatisfecho. Puede ser  porque ella lo rechaza, es fría o distante con él. O porque ella está casada o quiere a otro: los celos. También la distancia o la ausencia suelen cantarse. O la muerte de la amada.

 

El amor como camino: dolor, destino y purificación del alma del enamorado; el amor como «religión»; el amor como guerra.

     El poeta suele hacer frecuentemente balance de su proceso, muchas veces apoy??ndose en la vieja metáfora de la vida (en este caso, la del enamorado) como un camino lleno de avatares y dificultades que han dejado el alma maltrecha de dolor (Garcilaso: «Cuando me paro a contemplar mi estado/ y a ver los pasos por dó he ido…»).

     Por un lado, hay que ver este camino como destino inexorable: el enamorado se limita a andar sobre el camino ya trazado que es su vida sentimental y no puede, pues, apartarse de él. El amante camina por la vida encadenado a su destino amoroso. El poeta se avergonzará de no tener fuerza o voluntad para romper esa cadena ese destino impuesto y no elegido. En otras ocasiones, se enorgullecerá de asumirlo acatando una fuerza superior a sí mismo (la de Dios en última instancia). En todo esto hay, en una mezcla difícil de desanudar, de resonancias cristianas, estoicas y neoplatónicas.

     Por otro, hemos que entender que, cuando al amar el amante «se pone en camino» acatando ese destino impuesto, se ha apartado de los cauces racionales de la vida y ha entrado en una vía de purificación en cierto sentido, con un más o menos lejano parentesco con motivos religiosos y neoplatónicos. Si los místicos se apartan del mundo a purificar su alma para entrar en contacto con Dios, el enamorado, en un momento dado de la vida, toman por un camino distinto, apartado y sufrido, el del amor, y se entregan a su andadura.

     La alegoría religiosa, a veces, se extrema hasta el punto de que se ronda metafóricamente la herejía, pues el poeta llama a la amada su «dios» y afirma dedicar su vida sólo al culto de esa divinidad. La mayoría de les veces, sin embargo, se trata sólo de una hipérbole  de la «fe» del enamorado, de su entrega incondicional al amor que, según, afirma mantendrá siempre constante contra lo que le diga la razón. O sea, pese a verse así postrado o pese a ver que ella lo rechaza continuamente, etc.

     Ese camino lleno de dolor por el amor frustrado, purifica también el alma del enamorado, aquilata, afina sus emociones y sentimientos, su alma toda: lo hace un hombre mejor. En esto es evidente la huella conjunta de la herencia del amor cortés, del dolce stil nuovo y el neoplatonismo, pues los tres le atribuían al amor esa capacidad de mejorar al hombre. También en la resignación estoica ante el destino el hombre se mejoraba espiritualmente.

     La dignidad del hombre pleno se alcanza aquí aun a costa de salirse de un comportamiento racional y cometer «locuras». El poeta oscila entre quejarse de su extravío, de su «error», y enorgullecerse de esta decisión, de esa elección libre de su destino («Dejad que a voces diga el bien que pierdo/(…) y permitidme hacer cosas de loco;/ que parezco muy mal amante y cuerdo», Quevedo).

     Se siente cobarde, poco viril por rendirse al amor, o bien se siente orgulloso de atreverse a desafiar el sentido común con esa pasión. El reafirmarse en el amor pese al dolor es la gloria del enamorado, la dignidad del alma del hombre, su nobleza. Es un mérito para el enamorado no «mudar», mantenerse fiel a su corazón, a sus sentimientos, así como a ella se le acusa de «mudanza», de inconstancia, de ser, como mujer, variable. El amor permite al hombre acceder a la parte más pura de sí mismo, la de los sentimientos (pues, recordemos, estos junto con la razón eran lo específico, lo «natural» del hombre). Así se llega a la hipérbole del amor inmortal, más poderoso que la muerte (Quevedo, v.gr;).

     Estamos, pues, ante «La misteriosa razón del sentimiento» (Conde de Villamediana) en lucha con las razones de la razón. Se trata en definitiva, y dicho en términos románticos, del hombre frente a su dualidad esencial, frente a sus dos componentes característicos, exclusivos y tantas veces contrapuestos: pasión y razón.

     En esa lucha de razón y sentimientos verán a veces el sentido de su vida, ahí crece el hombre y desearán no dejar de sentir para así saberse hombres plenos, sentirse crecer como hombres en ese sufrimiento en esa pugna sostenida inacabable irresoluble de sus dos componentes característicos (se racionaliza en cierto sentido la pasión  pues se le ve una utilidad al sufrimiento, así se alivia también a veces, hecho arte ya da prueba de mejorar al hombre, sin el estaría más pobre, sin amor y (dolor) no habría hombre ni arte.

 

     El poeta hace, pues, un alto en su camino y vuelve la vista atrás. Examina ese camino pesaroso. Hace propósito de enmienda, se promete o desea corregirse, se acusa, se siente culpable y hasta disminuido en su hombría por no poder corregirse.

     Siguiendo la alegoría trovadoresca del amor como un guerra (que hay que entender en su contexto medieval), se detiene a preguntarse si es viril estar así postrado lamentándose (tema reiteradísimo en Fernando de Herrera, v.gr;). Se responde a sí mismo que precisamente por la violencia a  su naturaleza viril que supone ese paso, es más meritorio, más viril el ser capaz de albergar esos sentimientos. Siguiendo las ramificaciones de esta alegoría, el enamorado será un soldado con una herida profunda, con la batalla perdida de antemano, será un prisionero en la cárcel del amor, se verá indefenso con sus armas de hombre frente a las armas y artimañas del amor, etc.

 

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