Lección 17 Comentario de textos de poesía del Siglo de Oro

CURSO DE COMENTARIO DE TEXTOS DE POESÍA DE LA EDAD DE ORO

Lección 17

 

11.3.-  La  naturaleza como tema.

 

     La «naturaleza», en los múltiples sentidos del término, que hemos señalado, impregna constantemente esta poesía. Puede aparecer la naturaleza física como telón de fondo o escenario del motivo principal del poema (el amor normalmente), tal como era preceptivo en el género bucólico (églogas, y novelas y dramas pastoriles). O puede ser el tema central o uno de los secundarios del poema, lo «natural» en cualquiera de sus acepciones.

     El bucolismo corresponde a un deseo de evasión de la vida cortesana, a un afán de descanso y paz.  Esta es una  época de avances científicos, la época del auge del comercio, de la burguesía y de las ciudades, y, al mismo tiempo, es la época en la que se critican los vicios y peligros de la vida urbana y del materialismo y se suspira por una vida natural, sencilla y digna: en contacto directo con la naturaleza, sin ambiciones y entregada al conocimiento de uno mismo, al perfeccionamiento moral. «Vivir quiero conmigo», el verso de Fray Luis de León, puede tomarse como lema y aspiración del hombre renacentista. Lema que, por otro lado, no deja de ser un recuerdo del socrático «Conócete a ti mismo».

      La naturaleza de la que hablan y por la que suspiran, es una naturaleza soñada, no directamente observada. El sentimiento renacentista de la naturaleza hace que Garcilaso nos ofrezca sus paisajes de fondo. Paisajes húmedos, prados frescos, ríos serenos: el Tormes, el Danubio, un Tajo idealizado con nostalgia. Campos vistos por ojos velados por los sueños, descritos con rasgos estilizados. Naturaleza irreal, quintaesenciada. Naturaleza limitada, consecuencia de una tradición literaria: naturaleza idealizada.

 

11.4.- Temas culturalistasLa escritura com tema

 

     Como sabemos, los mitos de la Antigüedad, se revitalizan en el Renacimiento. Los poetas renacentistas y barrocos se expresan continuamente a través de los temas y mitos clásicos. Esta es una de las razones de que en ellos, pese a sus diferencias, reconozcamos la evolución de una misma tradición poética.

     La escritura, por sí misma, puede ser un modo de sublimar una pasión. Serena la emoción (el dolor) al transformarla en arte (puede haber aquí un lejano acento estoico.

     Si además, el poeta proyecta su situación junto a la de los mitos o los clásicos (vía inserción en ese código), el poeta se siente elevado y a la vez aliviado, podríamos decir. Esa pasión atormentada e intensa es lo que le ha tocado toca vivir como hombre, tal como hicieron los grandes hombres de la antigüedad.

     Durante el Renacimiento y el Barroco, el poeta amoroso emplea un lenguaje elevado, elegante, aristocrático; puede ser, a la vez, sobre todo en el Renacimiento, relativamente sencillo y claro. Se intenta expresar un sentimiento elevado. Los sentimientos elevados requieren un lenguaje elevado y éste se halla en el ejemplo de los clásicos. Por eso, junto a las reglas sobre el estilo, toman de lo clásico lo temas, los tópicos, la mitología…

     Encuentran, pues, en el sistema de referencias de la cultura clasicista, puntos de apoyo para expresar sus vivencias. El poeta piensa elevar este momento, estas experiencias suyas, este amor a la altura ideal que tienen el mundo clásico y en la tradición clasicista que arranca de él. La admiración por los clásicos contribuye en otro sentido a «racionalizar» la pasión. Si ellos, que fueron grandes, sufrieron el amor, el poeta renacentista se sienten moralmente respaldados para por lo mismo; no es un defecto: los clásicos vivieron lo mismo.

     Pone su amor a la altura de los clásicos por su excelencia.  Como contrapartida, puede entonces contemplar su amor como una obra de arte, es decir a un distancia relativamente mayor, lo que le proporciona cierto consuelo. Sublima el dolor, lo transmuta en belleza artística.

     Podemos decir que identifican, en este sentido, su sentimiento con ese lenguaje literario, pues es a través de él como consiguen materializar el sentimiento (sentir algo tan elevado como para merecer ese lenguaje como vehículo de expresión). Por eso, a veces, el sentimiento casi es la voz misma, y el tema, la propia escritura. El escritor se identifica con su escritura porque es a ella a la que debe la capacidad de expresar sus sentimientos y sublimarlos. Es en ese lenguaje donde reconocerá su sentimiento que previamente siente sólo como una masa informe de dolor. En la escritura lo objetiva, lo saca fuera de sí y comprende toda su dimensión ideal y espiritual. Y toma conciencia del valor de la escritura como método de conocimiento, de autorreflexión emocional de la persona sobre sí misma. Por eso acaba apareciendo la propia escritura, la propia creación literaria como tema: la escritura es el amor, el sentimiento y es el propio autor, que se ve a sí mismo reducido a lo esencial en ella. 

     El poeta escribe para contar su amor, es decir, expresarlo, para darle forma y analizarlo y para dejar de ser un títere en sus manos. La escritura es un doble del propio sentimiento, pues en realidad es en la escritura donde verdadera y plenamente está su sentimiento. Antes de expresarlo, es sólo un caos doloroso de sensaciones contrapuestas. En la obra de arte, el sentimiento aparece, librado de impurezas y de detalles superficiales, aislado de la confusión del mundo, de las demás cosas que rodean a diario en la vida al poeta. De ahí también, en parte el tono algo abstracto o conceptuoso que a veces tiene esta poesía aunque el tema sea sentimental. Como ya hemos señalado, en esta poesía, el sentimiento se racionaliza en cierto sentido. Pero también podemos decir que la razón acaba siendo impregnada, matizada por el sentimiento, pues éste es el centro del hombre. Aunque el hombre sea inseparable de la razón, ésta debe reconciliarse a la necesidades del corazón, pues como dirá en el XVII dijo Pascal (parafraseando al Conde de Villamediana): «El corazón tiene razones que la razón no comprende». La razón es el rasgo distintivo del hombre. Pero la pasión (y a veces hasta la locura) en su sentido más puro y sublime, puede ser la huella de lo divino que hay en el hombre (idea de raigambre platónica).

     En poetas como Villamediana el tema de la escritura (y el del silencio: dejar de escribir, dejar de sufrir, dejar de luchar por el amor) será frecuente. También serán numerosos los poemas que invertirán la perspectiva y tratarán irónica o burlescamente el tema de la escritura (Lope de Vega, v.gr;) o parodiarán el estilo «serio» en obras paródicas o satíricas.


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