Lección 14 Comentario de textos de poesía del Siglo de Oro

CURSO DE COMENTARIO DE TEXTOS DE POESÍA DE LA EDAD DE ORO

Lección 14


10.2.- Sinceridad «romántica» y verdad poética.

 

     Aristóteles sentenció que «el arte no presenta las cosas como en realidad son, sino como deberían ser», con lo que quería decir que las debía representar idealmente y no realistamente.  El arte no es un reflejo o un instinto que actúa espontáneamente ante la realidad, ante las «cosas que le pasen al poeta». Era una respuesta del hombre a su experiencia de un modo elaborado, reflexivo, racional en cierto sentido. El arte es una de las formas que el hombre puede emplear para apropiarse de su experiencia vital.

     Esto podría plantearnos preguntas como la de si este arte es frío por artificioso, o la de si estos poetas son formalistas (esteticistas) o realmente se afanan por expresar sus auténticos estados emocionales (si escriben del amor porque están enamorados o porque por puro ejercicio o entretenimiento intelectual imitan a Horacio, v.gr;).

     A lo largo de esta época, hay poetas cuya obra entera sentimos como «insincera». Repiten, reelaboran tópicos por  puro placer literario, no hacen una transposición artística de su experiencia vivida. Por ejemplo, Góngora, por lo general, no parece convincente cuando habla del amor; Quevedo, unas veces sí y mucho, y otras nada en absoluto; Garcilaso casi siempre parece sincero.

     La tradición renacentista tuvo pues siempre, una vena, una vertiente formalista, poetas que hablaban del amor más por mostrar su dominio de un arte digno y dignificante para el que lo ejerce, o por experimentar formalmente (metáforas, conceptos…), que por expresar sus estados emocionales respecto a él. Su estado emocional era la contemplación pura del arte, el ejercicio del arte por el arte, olvidarse de la imperfección del mundo sumergiéndose en la creación de ese mundo perfecto. La culminación de esta vía será en el Barroco la genial intuición gongorina del «arte por el arte», casi trescientos años antes que parnasianos franceses o modernistas hispanoamericanos adquieran plena consciencia de este modo de entender el arte.

    

     Dicho todo esto, hemos de adelantar, sin embargo, la conclusión de que en los mejores poetas sentimos que en este código poético ha encontrado eficaz acomodo la expresión de su subjetividad. De ellos se podría decir que son quienes realmente comprenden el espíritu de la tradición clasicista y no los que se quedan sólo en la letra. Así, normalmente podremos acusar de formalistas o fríos a los peores poetas, o a los peores poemas de los buenos poetas. (Pero no hay que meter en este mismo saco a Góngora y lo que él representa).

    

     Dejando a un lado, pues, estos esteticistas, en los buenos poetas de esta tradición, como en Garcilaso hay un equilibrio, una coincidencia, un encuentro a medio camino entre la fidelidad a una tradición literaria y la fidelidad a los propios sentimientos.

     Expresar los propios sentimientos literariamente, o sea, dentro de un código, de una tradición poética, era una dignificación de los propios sentimientos; era elevarnos al nivel de la expresión literaria y al nivel de los clásicos.

     El concepto de «sinceridad» en el arte, de origen romántico, tiene muy diversas valoraciones en los distintos épocas artísticas.

Sólo en el romanticismo, con cierta irreflexión e inmadurez, se valora que el poeta sea, en sentido literal, «sincero», es decir, que nos cuente «lo que le pasa» o «lo que siente» de modo transparente, que su biografía sea transparente en su obra. En general, se admite que en una obra literaria, para que la comunicación sea eficaz, intensa, para que un texto sea expresivo, debe mediar un proceso de elaboración artística, o estaríamos simplemente frente al lenguaje normal y corriente.

     En el Renacimiento una poesía «espontánea y sincera» hubiera sido vista como defectuosa -y hoy también lo vemos así-, por falta de elaboración artística.

     Era necesario que el sentimiento se expresase con arte, en el marco de las convenciones de una tradición literaria: los cabellos se pintarán rubios, aunque la mujer sea morena.

     Los poetas del Renacimiento Y del Barroco oscilan entre la fría recreación de temas y mitos de la tradición clásico-renacentista y el acomodo en ese vehículo expresivo de sus auténticos estados emocionales.

     Garcilaso es en este sentido uno de los poetas de la época cuya sinceridad es más relevante en medio del código literario renacentista en el que se expresa.

     Suele confundirse (ej. en el romanticismo) poesía con biografía. Este es un error ingenuo: en una obra de arte el autor debe PRODUCIR una emoción y no REPRODUCIRLA.

     La literatura no consiste en que el autor nos diga lo que siente, sino en que sea capaz de elaborar una obra artística de tal modo que su lectura nos produzca una emoción (tal vez no siempre escribe lo que siente, pero debe sentir lo que escribe).

     Podemos suponer que un hombre vive una experiencia y ésta le deja un estado de ánimo, un sentimiento. Para expresarlo artísticamente no debe contárnosla sin más, tal cual le ha ocurrido, sino que debe poner en marcha los mecanismos literarios capaces de producir un sentimiento similar en una obra de arte.

     Para expresar una ruptura amorosa, decir «la Pepi me ha dejado, ya no tengo nada que hacer con ella» puede ser una verdad como un templo y responder a nuestro estado de ánimo, puede ser muy sincero y, si lo decimos entre lágrimas, el amigo que nos escuche o que nos soporte hasta puede llegar a conmoverse (es decir, con lo que le contamos puede llegar a sentir lástima, pero no eso que sentimos nosotros, la pena de haber perdido a la Pepi.

     En cambio, cuando Miguel Hernández escribe « me voy, me voy, me voy, pero me quedo, pero me voy;/ adiós amor, adiós hasta la muerte«, la lectura de estos versos nos deja impregnados de la tristeza y melancolía que, no ya a él sino a nosotros mismos, a cualquiera, nos produce una experiencia así.

     Del mismo modo, Garcilaso podía decir sin más que Isabel Freire era guapa. Es lo que hubiera hecho un romántico, decir «es muy guapa». Garcilaso reelabora la experiencia filtrándola por el lenguaje, por el código literario de la época y nos habla del «cabello que en la vena del oro se escogió» siendo ella morena. Es constante la referencia al modelo universal, el situar la propia experiencia con respecto a él. Eso le da grandeza, la sitúa ya de entrada a un nivel idealizado. Este es también el sentido de la presencia constante de mitos en la literatura renacentista. Por esta razón Garcilaso, en su Égloga III, coloca su desgraciada historia junto a la de parejas de amantes desgraciados de la mitologías (Dafne y Apolo, Venus y Adonis..). 

     El lenguaje literario plagado de referencias a la cultura clásica se considera el producto más delicado del lenguaje y del espíritu humano. Para expresar lo más elevado el poeta debía valerse de este lenguaje . Aunque las reglas clásicas contemplaban diversos grados en el tono con que podía hablar el poeta, esta diversidad estaba siempre dentro de unos límites de dignidad y elaboración, claro. No otra cosa son los «estilos» de los que hablábamos.

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