Esta entrada es la parte 13 de 17 de la serie Modelo de comentario de texto por niveles

El paralelismo obliga a estar juntos a dos elementos yuxtapuestos (los dos subnúcleos) cuya relación nuca acaba de ser bien formulada. Es una sintaxis forzada e inacabada y el plano semántico del poema muestra los mismos rasgos; no está acabado de articular de manera cabal el mensaje, no se explica suficientemente el paso de un estado de cosas a otro. Simplemente, se pretende dar ese paso con la voluntad, con el deseo.
Pero hablemos ahora de los verbos en forma personal presentes en el poema.
Son sólo los pretéritos perfectos de las subordinadas adjetivas que apuntábamos más arriba:
v. 3 en nombre de la, fe que he conquistado v. 7 en nombre de la paz que he voceado v.11 en nombre de la luz que ha alboreado
No hay otros verbos con forma personal en el texto.
El pretérito perfecto, expresa, dentro de los tiempos que se refieren al pasado, una acción acabada (aspecto perfectivo); más precisamente, expresa una acción recientemente concluida. Hace poco que han ocurrido todas las acciones a las que se refieren los tres verbos; hace poco que en ese estático mundo en crisis ha sucedido por fin algo, siquiera sea en el alma del poeta: él “ha conquistado” la fe; eso no ha ocurrido “fuera”, sino dentro de su conciencia. “Fuera” el mundo sigue igual, salvo, claro, por esa “luz que ha alboreado”, también recientemente, no sabernos cómo.
Se nos presentan, pues, las cosas, como si asistiéramos en el poema al momento preciso en que la tensión acumulada comienza a estallar: eso debería ser el grito del poeta y gran parte de su fuerza proviene de ahí, del hartazgo que adivinamos tras él.
Esos tres pretéritos perfectos son, en otro orden de cosas, las únicas formas en voz activa explícitas en el poema; el resto (los participios de pasado) implican, en la estructura profunda de la frase, construcciones de voz pasiva.
Representan, por tanto, estos tres verbos, las únicas acciones visibles con las que nos encontramos en el poema. Fijémonos, ahora, en una particularidad.
El sujeto es elíptico en los tres casos: desde el punto de vista semántico, al no hacer acto de presencia, está debilitado, corno lo está el hombre -y el poeta- zarandeado por la zozobra en el mundo en el que vive. Ahora bien, ¿cuál es el sujeto -elíptico- de esos pretéritos perfectos?
En los dos primeros casos -he conquistado y he voceado-, el yo poético.
Pero en el último caso, ha alboreado, el sujeto es muy distinto: la luz. Aquí se produce una disfunción entre el nivel sintáctico y el semántico.
El sujeto gramatical, normalmente, es, además, el agente efectivo de la acción llevada a cabo con el verbo. Eso ocurre en he conquistado y he voceado. En otros casos, sin embargo, el sujeto gramatical no expresa el agente de la acción. Eso se ve en las oraciones en voz pasiva, donde el sujeto gramatical es, en realidad, el receptor de la acción (La casa ha sido quemada por Juan).
Existen algunas construcciones que, desde el punto semántico, expresan lo que se llama voz media (la acción afecta al sujeto u ocurre en su interior sin que él sea propiamente el agente: Me he roto una pierna, me he dormido…). La voz
media en algunas lenguas cuenta con rasgos gramaticales propios. Por ejemplo, en el griego clásico tenía sus propias formas verbales para expresarse, como las lenguas romances tienen el pretérito imperfecto, el condicional etc. El castellano no tiene formas especificas para la voz media, pero sí la capacidad de expresarla, como en los ejemplos que hemos aducido. Digamos
que cubre una zona de significado a medio camino entre la voz pasiva y la activa.
Pues bien, en esos tres verbos, advertimos una gradación descendente, por la progresiva debilitación de la participación del yo poético en la acción.
En el primer caso, el más vigoroso, él “ha conquistado” la “fe”.
En el segundo, ya sólo participa como mediador o comunicante de una acción que se ha producido no sabemos cómo ni por qué; él se ha limitado a “vocear la paz” que, de algún modo, ha llegado
Por fin, en el último verbo no hay participación alguna del yo poético. Se trata de una construcción cercana a la voz media, porque la “luz” “ha alboreado”: no hay un agente determinado. Lo que dice el poeta , por expresarlo conceptuosamente, es que “el amanecer ha amanecido”. Y nadie sabe por qué. Simplemente, ha llegado. Desde luego, el yo poético no aparece como el agente de esa acción inopinada.
Este no es un asunto baladí, porque, en última instancia, es en esa “luz” donde reposa toda la renovación invocada y el poema mismo: si no está justificada, tampoco lo estará la esperanza. Y no la vemos justificada en ninguna parte del poema. Sólo es un anhelo del poeta. Comprendemos su deseo, su grito o su ruego: están justificados por los horrores descritos. Pero no comprendemos su fe en ese deseo: no la fundamenta en nada visible en el poema.

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